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	<title>locos de la vida &#8211; Con Sentido</title>
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	<description>Periódico de distribución gratuita en San José</description>
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	<title>locos de la vida &#8211; Con Sentido</title>
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		<title>LOCOS DE LA VIDA &#8211; Capítulo 2 &#8211; La Decisión</title>
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		<dc:creator><![CDATA[consentido]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 27 Jan 2023 22:27:37 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Arte y Literatura]]></category>
		<category><![CDATA[capítulo 2]]></category>
		<category><![CDATA[la decisión]]></category>
		<category><![CDATA[locos de la vida]]></category>
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					<description><![CDATA[LOCOS DE LA VIDA   Capítulo 2 &#8211; La decisión Capítulo 2 – La decisión Como todas las grandes cosas que se precien de tales,&#8230; ]]></description>
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<div class="separator"><b><i>Capítulo 2 &#8211; La decisión</i></b></div>
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<div></div>
<div>
<p><strong><em>Capítulo 2 – La decisión</em></strong></p>
<p>Como todas las grandes cosas que se precien de tales, nuestra nueva vida –o, mejor expresado-, nuestra auténtica vida nueva, necesitaba decisiones decisivas, para ejecutarse.</p>
<p>Una vez acordado el objetivo, decididos a hacernos cargo de que nuestro sueño común se convirtiera en nuestra realidad común, teníamos que resolver cada detalle. Llevar a cabo un plan minucioso. Qué placer! ¿Puede haber un placer más absoluto que tener la vida que se nos antoje?</p>
<p>Nos sentíamos enderezando el timón, que se dirigía directo a una tormenta espeluznante, en cuyo centro aguardaba inexorable, para rematarnos, el triángulo de las bermudas. Un sitio en el que si uno cae, es dificilísimo, si no imposible, salir. En la vida, atravesamos varios triángulos de las bermudas, se van como profundizando. Si no nos detenemos a tiempo, llega un momento en que ya no podemos salvarnos, porque ese vacío sin fin, lo tenemos dentro.</p>
<p>Pero esta vez, el viento que soplaba nuestras velas, las manos que conducían el timón y los remeros que nivelaban la velocidad, éramos nosotros mismos. Algo a celebrar y aprovechar.  Somos los dueños de nuestros destinos. Y nada está escrito.</p>
<p>Así que nos reunimos al día siguiente de aquel 26 de enero aciago, cuando nos juntamos en lo de Ernesto a cuidarlo del post operatorio y tomar unos tragos helados. Ernesto sólo granadina. Un calor asqueroso, estábamos padeciendo las últimas semanas en la ciudad, como era previsible.</p>
<p>La conversación había surgido así nomás. En realidad, ya la habíamos tenido otras veces, o la rondábamos. Con nosotros mismos  o en diálogos con otras gentes, en otros contextos. Sólo que en esta ocasión, una vez iniciado el tema, no tuvo retorno. Queríamos eso. Era el momento adecuado, la hora, el lugar, la gente y hasta el clima sofocante aquel, de mierda, que sumaba como loco para hacernos tomar conciencia de lo herradura de vidas que andábamos. Sobrevivíamos ahogadísimos.</p>
<p>Y la noche aciaga tomamos la decisión. No fue tan difícil. Ernesto, acomodado en su silla favorita, una playera grandota con posabrazos anchos que le permitían apoyar sus brazos enyesados, chupaba desapacito su granadina, desde el artefacto que le había inventado la Carla: un vaso largo de plástico duro de promo de vodka, con tres pajitas encastradas para llegar hasta la boca del accidentado, que por los motivos recién dichos, no podía agarrar nada.</p>
<p>Él fue quien dijo primero:</p>
<p>-Lo que es yo, me voy.</p>
<p>-Yo, también</p>
<p>-Yo también.</p>
<p>-Sí. Me voy</p>
<p>El mudo asintió decidido con la cabeza.</p>
<p>-Yo no! Declaró el Lulo con su voz aflautada. Se lo veía venir, por la línea de argumentación que traía de toda la vida.  Él se encontraba cómodo desde su lugar de supremacía masculina rubia acomodada.</p>
<p>Estaba bien también. Era válido, por supuesto. Todo estaba bien.</p>
<p>La decisión estaba tomada.</p>
<p>Carla. Victoria. Emilia. Ernesto. Orlando. Y necesariamente Gaviota. Nos íbamos.</p>
<p>Un nuevo desafío para mantenernos realmente vivos! La emoción nos inundó y nos dejamos llevar. Como chicos, felices, aunque ninguno bajaba de los 40 (salvo Gaviota, que estaba en su cuarto ahora conversando con sus amigos en las redes y por el momento no se había enterado de las buenas nuevas)</p>
<p>La Gaviotita es la sobrina de Ernesto. Tiene 18 años y vive con su tío desde que la mamá murió. Del padre casi sin noticias. La mamá, hermana menor de Ernesto, era nuestra gran amiga también. La Amanda. Les contaré sobre ella en otros capítulos. Promesa. Amada Amanda.</p>
<p>Una vez pronunciados todos los: -Yo voy; -Yo también; -Yo los iré a visitar, la fiesta total estalló.</p>
<p>Exultantes! Nos proponíamos ganarle un terreno inesperado a la muerte. ERamos de nuevo unos osados, los aventureros dormidos que llevábamos dentro había despertado y se adueñaban de nuestros cuerpos. Nos dejábamos ser, nos dejábamos disfrutar.</p>
<p>En esas Ernesto,  en un derroche de energías y palabrerías jamás oídas de aquella boca, arriesgándolo todo se paró sin manos. La pajita le colgaba de los labios, no le resultaba fácil despegársela sin manos. Nos dio un poco de miedo y protestamos un tanto. Pero el albañil constructor de tantos cortes en la cara, estaba imparable:</p>
<p>-Putaqueloparióooooooo! Toda la vida esperando este momento. Me llega un poco de grande. En mi cumpleaños 70! Pero me llega! El mejor regalo!</p>
<p>Todo cierto. Sí señor. Ese día, además de haberle dado el alta con un diagnóstico relativo y pronóstico de recuperación reservado, varias costillas y los dos brazos quebrados, era el cumpleaños del gran Ernesto. El mismo que viste y calza. El autor de la frase: “mucho mejor quebrarse los brazos que las piernas” (respuesta que brindó sosteniendo que lo había hecho adrede, cuando le observamos que qué cosa rara como habría caído para quebrarse así y tener las piernas intactas). Creo entender por qué lo dice, pero no estoy segura y se negó a dar más explicaciones, le parece obvio.</p>
<p>El asunto es que el muy turraco cayó alcoholizado de la copa de un árbol jodidamente alto, mientras intentaba cortar unas ramas que se la habían metido por la churrasquera a un buen cliente de toda la vida. El cliente, al que todos conocíamos, era el bonachón del Oscar, veterinario querido del pueblo. Decía que el Ernesto era terco como las mulas que atendía. No había bicho que no atendiera el Oscar, y el único que le causaba rechazo, era el humano. A los demás animales los atendía con amor a todos, muchas veces sin cobrar, y las anécdotas de mordeduras, intentos de devoración, picaduras e ainda mais, cundían por todo el pueblo. Admirábamos a Oscar en general. Oscar admiraba a  su mujer Ana y a su amigo Ernesto y muy poca cosa más. El Oscar, que no hace mucho se había retirado con Ana a un campito de las afueras, cruzó el pueblo en dirección al sanatorio a 60 kms por hora –que era todo lo que permitía su flamante Mehari usada comprada en un remate, puesta a punto por el mismísimo Ernesto, que también era bueno en la mecánica-. La Mehari era el único vehículo que deseaba conservar, había explicado, tiene todo lo necesario. Pero en aquel viaje desesperado, había descubierto que todo no. Bocina no! Por eso fue que la Ana fue todo el recorrido gritando: ABRANPASO UUUUUUUUUUUIIIIUUIIIIIIUUIIIIIIIII ABRANPASOOOOOO PASOOOOOO UIIIIIUIIIIIIUIIIIIIIIIIIIIII, encaramada en la puerta del acompañante, haciendo gestos desesperados. Unos temerarios. Unos héroes, se la jugaron para salvar la vida de Ernesto. Los minutos que demoraron fueron decisivos. Esperar la ambulancia hubiera sido un error fatal, anunciaron luego los médicos.</p>
<p>A su manera, el Oscar y la Ana habían llegado a la misma conclusión que nosotros: era momento de hacer de sus culos unos pitos. Se jubilaron. Vendieron su casa de toda la vida en el pueblo y se mudaron a “La Charka” (Ana tenía un problemita de dicción desde niña y decir la chakra le  costaba horrible, así que se solución fácil, cambiando el orden de las letras, algo obvio).</p>
<p>Y allá se divertían a sus anchas. Nuevamente y como toda la vida, rodeados de animales, lo que ahora sí, sólo atenía por placer. Una jubilación  super extraña, porque seguían haciendo lo mismo o más, que cuando trabajaban de lo mismo. Ana siempre había conducido la parte administrativa y marketinera. Un éxito. También amaba los animales, por supuesto. La veterinaria se llamaba “Verterinaria Nimales Sueltos”. Una marca registrada.</p>
<p>En fin, el punto es que Ernesto es íntimo amigo de la pareja, les había ayudado en todo el Ernesto.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Victoria no durmió esa noche, la de la decisión. Ni pestañazos, absolutamente cero.  Se dedicó a enviarnos indicaciones, sugerencias, órdenes, ideas, propuestas, promesas, al grupo de whatsapp creado la noche aciaga.</p>
<p>A mí me asignó una tarea importante: registrar todo el viaje. Nuestra bitácora de vida. Eso dijo Victoria y me pareció lógico y bien. Y aquí estoy, porque tengo la sensación que si no voy día a día, la cosa se va a desmadrar.</p>
<p>Habíamos quedado en reunirnos la noche siguiente, o sea hoy, en lo de Ernesto nuevamente. Teníamos que planear todos los detalles. Cada uno de nosotros pasó una jornada extraña hoy, en sus tareas habituales, protegiendo por el momento, un secreto tan valioso que nos enciende fueguitos como los de Galeano en el alma.</p>
<p>Yo estaba nerviosa cuando por fin  pude llegar a la puerta de la casa de Ern, con mi famosa lasagna bajo el brazo. La asadera aún caliente. Gaviotita abrió la puerta antes que pudiera afirmarme al timbre. Me pegó tremendo abrazo. Más fuerte aún que los acostumbrados. Tenía los ojos llenos de lágrimas, lo que no era extraño del todo porque lloriqueaba bastante, vivía emocionada.</p>
<p>–Te juro tía, te jurooooo, he esperado esto toda mi vida, lo he soñado incluso, tal cual!. Se declaró la encargada de las conexiones online-intrnet-infranet-conexiones-negocios-autosustentarnos-automarketing-online-.</p>
<p>-Excelente, excelente, sí, sí! Repetía yo, convencida.</p>
<p>-Y ya decidí finalmente cómo continuar mis estudios, qué estudiar, fíjate vos!</p>
<p>-Aha?!!?, cómo Gaviotita? Qué estudiarás?</p>
<p>-Informática, más bien. Sistemas. Programación y Diseño! Más bien!</p>
<p>-Más biennn! Excelente, excelente! Le decía yo aunque me parecía que la niña tenía mucha sensibilidad para cualquier actividad humanística. -¿Y si entramos y conversamos adentro?</p>
<p>Recién entonces ella reaccionó, distinguió el bulto que hacía la lasagna, la olisqueó, y con una carcajada y del brazo, entramos.</p>
<p>Habíamos acordado el día anterior, que Ernesto le explicaría todo la idea a su sobrina por la mañana, porque sin ella, él no podría irse. Eso estaba claro, y quizás tampoco los demás resolviéramos dejarlos sólos. Ellos eran nuestra familia y responsabilidad también. Pero confiamos en la reacción positiva de la nena.  Y así fue, la conocíamos bien.</p>
<p>Todos teníamos, más que menos, puntos álgidos y calientes para resolver en nuestras vidas, que obstaculizarían el viaje. Una historia de vida, obviamente.  Nuestro plan era soltar aquella vida, para embarcarnos en una nueva. Queríamos hacerlo con cuidado. Desde el primer instante teníamos claro que el camino era el cuidado, el amor y la comprensión, no la confrontación, no el desprecio y el abandono. Sólo se trataba de un nuevo camino, podía parecer un cambio drástico, pero nadie planeaba dejar a tanta gente tan querida en el olvido ni renegar de la vida actual.</p>
<p>-Estamos esperando a Carla!, gritaba la Gavi exhaltadísima, los ojos húmedos. Feliz.</p>
<p>Por la cocina generosa de Ernesto, andaban  ya Vic y el Mudo. Nos disponíamos a hacerle el aguante a Carla. Valdría la pena, en el grupo iba anunciando, misteriosa, que venía un poquitín retrasada, pero llegaría con una “sorpresita” .</p>
<p>Por interés genuino y para bajar la ansiedad de la espera, le tiré al mudo una pregunta que más tarde o más temprano, íbamos a responder todos:</p>
<p>&#8211; ¿Cómo fue tu día, Orlando?</p>
<p>-Estoy despedido, dijo.</p>
<p>Estallamos todos en carcajada nerviosa. No había marcha atrás. Aquel buque había comenzado a adentrarse a la mar, todos íbamos juntos, todos viajaríamos allí cómodos, tranquilos, plenos, o todos nos hundiríamos.</p>
<p>-Pero, ¿qué pasó? ¿Qué te hicieron?-. No tengo idea por qué le pregunté eso.</p>
<p>-Yo hice-, constató el Mudo, y relató la historia del despido más estrambótico jamás escuchada.</p>
</div>
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		<title>LOCOS DE LA VIDA. Capítulo 1</title>
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		<dc:creator><![CDATA[consentido]]></dc:creator>
		<pubDate>Sun, 22 Jan 2023 22:57:13 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Arte y Literatura]]></category>
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					<description><![CDATA[Locos de la Vida En el principio fueron las ganas Capítulo 1 &#160; Llegando al campamento. El traqueteo por el camino de tierra, el gusto&#8230; ]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<h3><strong>Locos de la Vida</strong></h3>
<h6><strong>En el principio fueron las ganas</strong></h6>
<p><strong>Capítulo 1</strong></p>
<p><img fetchpriority="high" decoding="async" class="alignnone size-medium wp-image-1855" src="https://consentidomedios.uy/wp-content/uploads/2023/01/ppd-300x225.jpg" alt="" width="300" height="225" srcset="https://consentidomedios.uy/wp-content/uploads/2023/01/ppd-300x225.jpg 300w, https://consentidomedios.uy/wp-content/uploads/2023/01/ppd.jpg 394w" sizes="(max-width: 300px) 100vw, 300px" /></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Llegando al campamento. El traqueteo por el camino de tierra, el gusto a sal, la piel que reconoce un medio diferente y se endurece. Un sitio donde la naturaleza manda y el cuerpo se adapta, obediente. El pecho abriéndose para recuperar espacios y aires perdidos. Los ojos arenosos, encandilados. El calor y su abrazo salado de bienvenida. Un baño caliente de realidad. Y el mar. El sonido imperante, omnipresente, de las olas rompiendo, del océano que todo lo gobierna, desde la furia, la calma, la indiferencia o el misterio.</p>
<p>Recordé la conversación que nos trajo hasta aquí. Que nos empujó a salir, y me sentí orgullosa.</p>
<p>-¿Qué querías hacer realmente con tu vida? Ahí, por la adolescencia, la juventud.</p>
<p>-Eee, yo, quería ser bailarina, viajera. Escribir! Escritora, sí. Eso, capáz.</p>
<p>-¿Y por qué no lo has hecho?</p>
<p>-Sí lo  he hecho, como no!</p>
<p>-Tá. Pero no mucho. ¿No?</p>
<p>-No. No mucho. Creo que porque siempre he deseado demasiado pero capáz fui un poco cobarde y un poco haragana. Un poco estaba perdida también.  Un poco que tengo el defecto y la virtud el cambio, adentro. Preciso cambiar. Me gustan muchas cosas, probar cosas, y cuando las pruebo se gastan las ganas. Llego hasta ahí, casi a la cima, y cuando están a tiro, ya no las quiero más. Miedo al fracaso o al éxito, sería. Cagazo. Haraganería. Falta de convencimiento. Sensación de estarme perdiendo otra cosa mientras hago una.</p>
<p>-¿Y escribir?</p>
<p>-No. Eso me encanta siempre. No me importan los demás. Eso me compone los pedazos. Eso lo llevo en el alma. Nació conmigo.</p>
<p>-Bien.</p>
<p>-¿Y vos?</p>
<p>-¿Yo qué?</p>
<p>-¿Vos que has querido siempre?</p>
<p>-Ah!. Sí. Creo que construir. No una casa o un edificio, ni un puente. No algo así, concreto. Es más bien el deseo de construir un lugar completo, hasta con clima incluido. El ambiente, el entorno, los colores, las texturas. Puede ser un mundo perfecto hecho por mí, o un mundo para mí, o para los demás, o todo junto.</p>
<p>-¿Y vos?</p>
<p>-Estaba pensando, sabía que me iban a preguntar, claro, no zafaba. Creo que me interesan los demás, capaz porque mi vida es un bodrio. Ayudar a los otros estaría bien, a los niños, a los más débiles, o pobres, ponele. La verdad me gustaría eso. Entrar a una comunidad como puramente, a actuar ahí, a hacerlo todo mejor. Todo lo mejor que me de el rollo, con otros. Sería encontrarme un lugar, también, porque nunca lo he tenido del todo, o eso es lo que yo siento.</p>
<p>-Pero… sos contadora!</p>
<p>-Sabía que me iban a decir eso. Sí, lo soy pero no lo soy. He contado, sí, por un tema de paciencia más que nada, me da como seguridad, un orden. Pero en realidad me gustaría ser libre, no tener miedos, estar realmente con los demás. Es decir, creo que no me he animado a volar y por eso, por miedo, también, me agarré de algo que me diera un control.</p>
<p>-Antes que me pregunten. Yo creo que pescar. Cultivar. En serio. Vivir absolutamente independiente del comercio. Lejos de la ciudad. En un sitio autosustentable.</p>
<p>-Sos el gerente un Shopping.</p>
<p>-Por eso mismo.</p>
<p>Silencio.</p>
<p>Más silencio.</p>
<p>Un silencio cómodo. Auténtico. Como de descubrimiento.</p>
<p>No se exactamente cuál de los 4 fue que dijo:</p>
<p>-¿Y por qué no lo hemos hecho? Lo de vivir como queremos.</p>
<p>Tampoco recuerdo bien quién se animó a más, porque podía ser cualquiera. Todos ya habíamos llegado a la misma conclusión. O comienzo.</p>
<p>-Ok. ¿Y  por qué no lo hacemos? ¿Qué necesitaríamos, hipotéticamente, para lograr vivir como queremos?</p>
<p>Comenzamos a hacer una lista. No fue difícil en principio, una cantidad de dinero determinada para comenzar  y pasar los primeros tiempos viviendo de lo que tuviéramos mientras el proyecto que eligiéramos como nueva vida se desarrollara. Un sitio a dónde ir, o preferíamos viajar. La  gente exactamente que involucraríamos en el viaje. Cómo resolveríamos los daños colaterales. Familares, Amistosos. Vidas actuales.</p>
<p>Profundizamos en la idea: ¿cuándo y cómo es que uno renuncia a ser? ¿En serio elegimos un camino diferente e incluso opuesto al que deseábamos por miedo, por inseguridad, por seguir al rebaño, por patetismo, por comodidad, porque la vida te arrastra, por alguien más…?</p>
<p>¿Cómo es posible, que una inmensa parte de la gente que conocemos, que más queremos o que nos cae mal, viva así también? Siendo lo contrario a lo que es. Atentando cada mañana contra su ser. Acostándose cada noche con su peor enemigo: uno mismo convertido en su propio traidor.</p>
<p>Y así, fuimos llegando a un punto de reflexión al respecto tan tranquilo como irreversible. Respondimos esta pregunta y estuvimos de acuerdo: ¿Es tarde para hacerlo, para vivir como queremos, para cambiar, para encontrarnos? No. No lo es. Es el momento preciso.</p>
<p>…</p>
<p>Más tarde relataré como organizamos aquel primer viaje, cómo y a dónde partimos. Es decir, lo iré contando poco a poco supongo, porque algo así, no se da ordenadamente, como se comprende. Creo que será más fácil escribirlo cuando vaya surgiendo. Intentaré hacerlo entendible para ustedes, porque la idea, es que si quieren, si gustan, también lo intenten. A su manera. Vale la pena, es lo único que vale la pena.</p>
<p>Esta es la tercera vez que volvemos “a base”. Se siente bien regresar aquí. Tenemos algunas cosas que hacer, se generan propuestas al convivir y construir. Nosotros tratamos siempre de cuidar el asunto de que no se transforme nada en compromiso, en deber ser, en deber cumplir. Vamos construyendo desde el día a día. Por el placer de estar vivos. Haciendo lo que queremos. No es fácil, pero es posible.</p>
<p>Volvemos ahora porque nos esperan en el Espacio Cultural de los Hijos del Mar, del pueblito de pescadores donde pusimos “la base”.</p>
<p>Salí de la ensoñación con la Gavi mimoseándome la oreja.</p>
<p>-Emi, Emi-, me llamaba despacito. –Dice la Vic si ya tenés impreso el texto</p>
<p>¡Como amo a esta gurisa, mirá que venirse con el tío y nosotras, sus loca tías también!</p>
<p>–Sí, gaviotita, lo tengo, decile.</p>
<p>-¿Y por qué estás escribiendo a mano, ahora?. Después hay que pasarlo y me lo enchufan a mí!</p>
<p>-Por eso, justito, y también porque es más auténtico, salen otras cosas y con otros tiempos-. Le refuerzo la idea: -Hacés algo muy útil, porque al pasarlo, le agregás tus ideas y creamos todos juntos. No es el camino más largo, ni más difícil, ni más sencillo. Es el camino más rico, el que seguimos, Gaviotita.</p>
<p>-Con ese criterio, viajemos en carreta y no en motor home. Volvamos a las plumas para escribir. No utilicemos electricidad. Cambiemos nuestra cabaña por una carpa de lonas, cañas  y juncos-. Protesta la jetona, siempre.</p>
<p>Me encojo de hombros. Bostezo. Estiro. Sonrío. La quiero. Le paso las hojas bastante frescas y desparejas, a mano, con lapicera, algunos tachones. Palabras inteligibles que me tendrá que preguntar, o sencillamente cambiará por otras mucho más hermosas, con otros sentidos, como la vida misma.</p>
<p>-Con 6 copias me parece que está bien, para empezar.</p>
<p>Me dirijo hacia la cabina de nuestro Bus-Motor Home-Hogar. “La Carla” está al volante, canturrea tranquila, feliz. -Estamos arribando!, grita.</p>
<p>-Vayamos para la Cabaña. Nos instalamos y salimos para el Espacio. Es media tarde. Nos esperan en la nochecita . Estacionamos, descargamos, me lanzo al baño, porque aunque la del motor home está buenísima, prefiero siempre la tina con burbujas y aromas  que instaló Victoria en nuestro hogar soñado. Gracias Victoria y tus ideas de lugares mágicos!</p>
<p>-Voy armando el domo y el fogón. Carla se propone poner a punto los otros sitios favoritos de nuestro hogar base. El domo es la bilioteca-escritorio-espacio artístico creativo de reuniones. El fogón por supuesto, es eso. Un culto al fuego, que tanto tanto amamos y nos representa. Un hogar de piedras en el centro, generoso, espacioso. Fogones más pequeños en derredor, en diversas alturas, sostenidos por jarrones de hierro. Y las pequeñas lucecitas de colores, de diversos tamaños, colores e intensidades, las mismas que inundan todo el balneario, contra las rocas, sobre la arena, en cada choza y construcción de madera y adobe.</p>
<p>Emergí fortalecida desde el baño de burbujas. Mis amigos-hermanos, estaban cantando un poco junto al fogón mayor. Gaviota tocaba una quena hoy, y una flauta. Cantaba esa muchacha, con una voz profunda y baja, que te traspasaba el alma. La música era parte de su ser. Compartimos unos tamales que Ernesto había armado en un nuestro último destino, y salimos para el Espacio Cultural. Las lucecitas nos guiaban y esperaban. Una noche más a orillas de la playa, allí protegida su magia por la ensenada de rocas palpitaba el corazón de nuestro amado pueblito de pescadores. Llegamos del brazo, reconfortados, saludando a los amigos al pasar, hacía ya dos años que vivíamos allí, los lugareños nos empezaban a aceptar como unos primos cercanos, (ponele). Sabíamos de todas maneras, que nos esperaban con cierta expectativa. Eso nos causaba dudas, lo conversábamos sin darle demasiada trascendencia. Intentábamos mantener nuestra independencia del entorno y ser parte natural de él. Sin invadir ni ser invadidos.</p>
<p>En el Espacio estaban los habituales: Tito, Euge, Chispa, Marixa, Marta, la brasilera, otros conocidos, otros no tanto y caras nueva.</p>
<p>Nos presentaron como los chicos de la propuesta psico-teatral de la noche. El ambiente ya estaba caldeado. Música suave, incienso, un poco de porro entraba desde la playa, la sal estaba fuerte esa noche, había virazón. Soplaba el viento firme.  A lo lejos se sentía el tronar de algún tambor, en ese instante como premonitorio, en que comienzan a llamarse unos a otros y parece que no pasa nada, pero sabemos que la cosa puede ir in crescendo hasta estallar. Pero estábamos tan entregados a la armonía y la paz aquel día, que no lo vimos venir.</p>
<p>Arrancamos con una rueda de caldeamiento. Tita coordinaba, como  de costumbre.</p>
<p>Ese día yo elegí no participar.  Pedí permiso para quedarme con mis cuadernos sentada en el piso a un lado, para registrar lo que sucedía. Tenía ganas de eso. Claro que me lo permitieron. Cada uno en lo suyo. Era parte de.</p>
<p>Con el caldeamiento los cuerpos iniciaron movimientos individuales, paulatinamente si iban encontrando.  Poco a poco algún ejercicio de personajes y estados. Intercambio de roles. La Carla, a pedido de la Tita, iniciaría la lectura de la obra que yo había propuesto y que Gaviota iría mejorando, recogiendo el aporte de todos.  Sería la columna vertebral de una obra itinerante que planeaban llevar por las playas y poblados de la zona, en principio. Y después se vería.</p>
<p>La Carla comienza  a repartir los libretos, cuando desde el círculo se escucha la voz de una chica, o de un chico quizás. Suave la vos, pero clarita.</p>
<p>-Disculpen. Yo me ahogué ayer. Me gustaría contar mi historia</p>
<p>No tan a lo lejos, los tambores repiqueteaban con mayor fuerza. En el círculo teatral se sintió el sonido del silencio.</p>
<p>Nadie se movió. Mi lapicera quedó suspendida. Levanté la vista. Vi a Victoria dura, con los ojos como el dos de oro, con su semisonrisa de boquita apenas torcida, con esa expresión de “ya lo comprendí todo y la realidad es un asquito”. Ese gesto de “se los dije”. Y sí, demasiada tranquilidad, la de la última semana. Debimos sospechar.</p>
<p>La voz pertenecía a una figura vestida de negro, que permanecía en semipenumbras detrás de Victoria. Hubiera sido una grosería exigirle adelantarse hacia la luz, interrumpir, o apurar aquella declaración.</p>
<p>Aguardamos. La voz regresó:</p>
<p>-Estaba aquí en la playa con mi familia. Decidí bañarme porque me sentí aturdido. Habíamos tomado un jugo de un vendedor en la playa. Me sentí muy raro. Algo me atraía hacia el agua. Era y no era yo. En ese trance me adentré en las olas. Creo que perdí el conocimiento. No se cuánto tiempo. Sólo salí de ese estado para ver mi cuerpo tendido en la arena. Me veía desde arriba. Yo estaba tendido en la arena, la gente me rodeaba, mi familia gritaba: “Diego! Diego!!”</p>
<p>Yo ya no respiraba. Supe que estaba muerto y sin embargo, yo estaba ahí. Y estoy aquí. Intento comunicarme desde entonces, pero sólo ustedes me escuchan y parecen percibirme.</p>
<p>Con cada palabra, más inmóviles nos volvíamos los demás. Ni la cara de Victoria sostenía la expresión de costumbre. El desconcierto primaba, para no darle paso al terror.</p>
<p>Y entonces el Tito dijo, con voz estridente: -CARAJO ME CAGO EN LAS PATAS! Sos vos, Oscarsito, haciéndote el vivo??? Salí de donde estés! Y no le encuentro la gracia y no jodas con ese pobre muchacho! ESPANTOSO LO QUE PASÓ AYER!!</p>
<p>O sea que había un ahogado?</p>
<p>Un Diego ahogado?</p>
<p>Los demás de la ronda aprovecharon el disturbio para romper el hechizo y entre puteadas y risas nerviosas de:  –“No jodas, bo! Nojodanconesoconesascosasnobo! Comenzron a tocarse y empujar un poco, para escudriñar la sombra y ver al culpable de aquel desmadre y cagazo momentáneo pero certero.</p>
<p>-Soy Diego. Me ahogué ayer-. Escuchamos decir una vez más y percibimos una pierna adentrándose al círculo iluminado central, pero en eso la batucada, que se venía incrementando, arremetió con todo y algunas bailarinas ingresaron al lugar, mamas viejas, gramilleros, un par de mocosos se apersonaron en el centro para bailar a fondo.</p>
<p>Nuestra psicodramatización profunda se cortó. La pierna trémula de Diego se perdió deshaciendo el paso medio dado, hacia atrás. Yo sentí como un resorte en el trasero que me empujaba a perseguir aquella figura, aquella voz. Sentí como Victoria, Carla, Ernesto y Gavi salían a la playa detrás de mí. Íbamos detrás de la sombra, que tras mirarnos unos segundos, en un silencio triste, se sumergió en el mar.</p>
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