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	<title>Ariel Wolf &#8211; Con Sentido</title>
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	<description>Periódico de distribución gratuita en San José</description>
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	<title>Ariel Wolf &#8211; Con Sentido</title>
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		<title>El Sendero Cariñoso</title>
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		<pubDate>Sun, 01 Sep 2019 16:11:17 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Arte y Literatura]]></category>
		<category><![CDATA[Ariel Wolf]]></category>
		<category><![CDATA[cuentos]]></category>
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					<description><![CDATA[Un cuento del libro: “DARSE LUZ” de Ariel Wolf. Mike Guachovski estaba por cumplir sus jóvenes 463 años. Hacía tiempo que no festejaba su cumpleaños&#8230; ]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<blockquote><p>Un cuento del libro: “DARSE LUZ” de <strong>Ariel Wolf</strong>.</p></blockquote>
<p>Mike Guachovski estaba por cumplir sus jóvenes 463 años. Hacía tiempo que no festejaba su cumpleaños más que con unos pocos allegados. Las fiestas multitudinarias las reservaba como era costumbre para los números redondos, la última había sido al cumplir los 300 (sin contar su doble boda de platino).</p>
<p>No era un mero capricho que así fuera, a medida que uno iba creciendo la cantidad de amigos y conocidos aumentaba a tal punto que llevaba cerca de 100 años ahorrar lo necesario para agasajar mínimamente a varios miles de invitados. No ser invitado se consideraba como una ofensa imperdonable. Mike Guachovski había prosperado como nunca en los últimos 60 años y podía permitirse festejar 20 veces su cumpleaños con todos sus conocidos sin afectar sus finanzas. Pero no siempre su vida había sido color de rosa.</p>
<p>A los 199 años se había separado de quien él consideraba la mujer de su vida, Helga Paraskevadis, poco antes habían festejado su doble boda de platino. Pero no les había sido fácil sobrellevar el suicidio de su bisnieto favorito, quien agobiado por las deudas no había podido festejar sus cien años como correspondía.</p>
<p>Carlitos Guachovski solía deprimirse, algo relativamente normal en los jóvenes de su edad, que veían lejanos los éxitos que la sociedad demandaba para ser socialmente aceptado, admirado por los hombres y deseado por las mujeres. Los hombres solían alcanzar el éxito y la fama recién después de los 300 años, siempre y cuando hubiesen logrado acceder a los medios necesarios para llegar a tal edad.</p>
<p>Se sugería un transplante de corazón a más tardar a los 50, uno de pulmones, riñones, vesícula e hígado cerca de los 60, etc. Además los órganos transplantados más baratos que podían conseguirse en el mercado tenían una vida útil de no más de 5 o 6 años. Por supuesto que los había de gran calidad, de los que duraban 100 o más años, pero eran carísimos y quienes los portaban los tenían asegurados por cifras enormes y vivían rodeados de patovicas para evitar que algún traficante los lastimara para robárselos.</p>
<p>El hecho es que Carlitos había llegado a los 99 años con varios órganos de mala calidad, la mayoría de los cuales le habían sido obsequiados por Mike y Helga. Ante la perspectiva de su cumpleaños número 100 no había podido soportar tanta humillación y no se atrevía a pedirle a sus bisabuelos que le bancaran la fiesta. Pese a ser un hombre sumido casi siempre en la tristeza, era generoso con lo poco que tenía y había donado sus órganos a una sociedad benéfica que intentaba amparar con sus escasos recursos a millones de pobres de los países en vías de desarrollo, donde pese a los últimos avances de sus economías la expectativa de vida de sus habitantes no superaba los 140 años.</p>
<p>La muerte de Carlitos no fue en vano pero eso no fue suficiente consuelo para Helga. Comenzó a frecuentar casinos virtuales y a jugarse la fortuna de Mike, y así comenzaron la primeras disputas graves de la pareja. La sociedad de la época era sumamente liberal y pocas parejas se casaban antes de los 120 años, la mayoría se entregaba durante buena parte de sus vidas a una vida licenciosa y a experimentar todo tipo de placeres cuya variedad resultaba inabarcable, y tanto más, cuanto mayor era su capacidad económica.</p>
<p>Tras todas esas experiencias y los sobresaltos que de ellas derivaban, marcados por una inestabilidad afectiva enorme que llevaba a muchos a terapias de todo tipo para manipular los desequilibrios químicos producidos en sus almas por la suma excesiva de recuerdos traumáticos, los cuales en algunos casos debían ser borrados de sus mentes, unos cuantos sobrevivientes optaban por una vida más tranquila. Algunos se retiraban a lugares de descanso y meditación en el Tíbet, otros se enfocaban en perseguir el éxito profesional y económico, otros se abocaban a recomponer sus vínculos afectivos y unos pocos se enfocaban en profundizar las artes del amor, donde algunos de ellos en un acto de romanticismo que la mayoría consideraba anacrónicos, se casaban. Mike y Helga eran de esos.</p>
<p>A sus 199 años Mike ya no se chupaba el dedo, hacía años había visto una película que lo había marcado “Nada es para siempre”, y si bien no recordaba ninguna escena, ni a los actores, ni nada, el título le había quedado grabado. Cuando un día vio a Helga montando un caballo árabe virtual cuyo costo rondaba los U$S 3.000.000.000 en el living de su casa supo que el fin estaba cerca. Sus amigos comenzaron a invitarlo a orgías vip. Helga tardó poco en descubrirlo y le pidió el divorcio. Pero en honor al amor que se habían profesado durante los últimos 133 años no le reclamó nada de sus pertenencias, más que un pequeño ranchito en el Tíbet dónde habían pasado su luna de miel. Mike le cedió por iniciativa propia una pensión generosa para los próximos 100 años. Luego se entregó a la bebida, las drogas de diseño y el sexo desenfrenado con su nuevo pene y poco a poco fue perdiendo toda su fortuna, hasta que a los 280 años le diagnosticaron una cirrosis grave. Pero cuando fue a retirar dinero para cambiarse el hígado descubrió que en su cuenta apenas quedaban unos pocos miles de dólares y que todas sus propiedades habían sido embargadas.</p>
<p>Para evitar quedarse sin nada tomó sus escasos ahorros y huyó a Bolivia. Se alojó en una pensión barata y comenzó a buscar personas que se dedicaran al tráfico de órganos con la intención de conseguir un hígado barato. Su búsqueda lo llevó a un peligroso barrio de los suburbios de construcciones de chapa y cartones. Un hombre de rasgos indígenas a quien apodaban Cartonte, porque recolectaba cartones y cultivaba té, lo condujo hasta una cueva subterránea excavada en el suelo, muy profunda y oscura. En algunas excavaciones laterales pudo ver la silueta de algunos hombres que trabajaban ensimismados en alguna misteriosa tarea. De pronto Cartonte tomó de una de las paredes un par de trozos de cartón y dándole uno a Mike le dijo: “Debes usar esto para deslizarte”, a continuación lo vio acercarse a una pendiente cuyo final no pudo divisar y se arrojó por allí. Mike respiró hondo, se acomodó sobre su cartón y se lanzó por la pendiente. La velocidad de descenso aumentaba a medida que avanzaba y debió aferrarse con fuerza a su cartón.</p>
<p>Entonces comenzó a ver un resplandor y enseguida el túnel lo escupió por el aire hasta caer en una especie de charco profundo. Sobre la orilla lo esperaba Cartonte, que lo ayudó a salir. Al hacerlo Mike se dio cuenta que estaba en el fondo de una especie de enorme y profundo agujero cuyas paredes estaban llenas de huecos los cuales contenían todo tipo de órganos con su correspondiente nomenclatura.</p>
<p>De pronto oyó una voz que resonó entre las paredes del lugar. La voz le sonó conocida, “Mike, ¿sos vos?”. Al acercarse a él Mike pudo ver su rostro, no era otro que Carlitos, su bisnieto favorito. -Carlitos, ¿qué hacés acá? -Es una larga historia. -Pero no te habías suicidado. -Lo pensé, casi me mato. Pero antes de hacerlo fui a una organización que se ocupa de administrar las donaciones de órganos de los países desarrollados para enviarlos a países pobres. -Sí, pensé que les habías donado tus órganos. -Era mi intención, pero me dijeron que estaban demasiado deteriorados, que ya no servían, salvo mis riñones, que acababa de cambiarlos gracias a Helga y a vos. Más deprimido que antes me senté donde pude y lloré como nunca. Entonces se me acercó alguien y se sentó a mi lado, era Cartonte. Me dijo que el estaba dispuesto a pagarme una cifra interesante por uno de mis riñones. Le pregunté para qué lo quería, me dijo que no podía decírmelo si antes no juraba guardar el secreto. Le dije que no podía jurar porque no creía en nada. Se sonrió compasivamente, me habló de los dioses Incas y del milagro de la existencia, de que todo se equilibra si sabemos esperar y si conservamos la ilusión que nos da las fuerzas para vivir. Le juré por sus dioses que no diría nada.</p>
<p>Me contó entonces que pertenecía a una organización que robaba los órganos de personas ricas fundamentalmente en los países desarrollados y luego los vendían a precios elevados. Con las ganancias sostenían esta organización subterránea que se encarga de refaccionar órganos deteriorados para salvar a personas pobres. -Algo leí de ciertas utopías justicieras de hace siglos. -Lo de justicieros lo conservamos, pero aquí no perseguimos ninguna utopía, simplemente salvamos vidas de mucha gente robándole a los más ricos lo que no precisan. -Pero algunos de ellos mueren cuando les roban sus órganos. -Son errores, casos aislados que tratamos de evitar. -Excesos. -“No hay errores, no hay excesos, con esos asesinos que se llevan nuestros pesos”. Eso cantamos en nuestras movilizaciones cuando viene algún gringo a pedir que desarticulen nuestra organización. -¿Así que ahora trabajás acá? -Soy unos de los dirigentes de esta organización por un tiempo, vamos rotando en nuestras tareas. El año que viene vuelvo a ser un obrero en la planta de refacción de órganos. -Me alegro que estés bien, Carlitos. -¿Y vos cómo andás? -Mal, al borde de los 200, separado de Helga, con el hígado a la miseria y sin un mango. -A todos nos llega la mala en algún momento, es cuestión de tiempo. -Y sí. -Pero vos tenés muchos contactos en el gobierno y entre los grandes empresarios. -Ahora no soy nadie. -Acá necesitamos gente como vos. Hace tiempo que vengo pensando en contactarte, pero no es fácil lograr que nuestra gente confíe en extraños. Mike se ofreció a ayudar en todo lo que le fuera posible a esta causa que le parecía justa.</p>
<p>Con ayuda del Sendero Cariñoso (se llamaba así porque profesaban el afecto y la solidaridad entre las personas) Mike recuperó su mansión y poco a poco retomó su contacto con la elite del mundo desarrollado. Esto le permitió desarticular los operativos de persecución del Sendero Cariñoso y embolsarse cuantiosas cometas de uno y otro lado para evitar fricciones. Hizo algunas inversiones y volvió a ser un hombre rico, pero ahora utilizaba su poder para ayudar a los más necesitados.</p>
<p>Llegado su cumpleaños 463 sintió que era tiempo de abrir nuevamente su corazón e invitó a su fiesta a todos sus amigos y conocidos. No tardaron en surgir controversias entre sus amigos ricos y los integrantes del Sendero Cariñoso. Tratando de mediar en una de ellas Mike pudo distinguir de pronto entre la multitud a Helga. Estaba hermosísima con sus nuevos ojos color violeta. Ambos se acercaron abriéndose paso lentamente entre la gente que pronto se abrió dejando libre el camino y mientras sonaban violines Helga y Mike no dejaban de mirarse a los ojos y sonreír. Se besaron apasionadamente. Pero ese idílico entorno solo era parte de lo que proyectaban sus almas.</p>
<p>Una batalla campal se desató entre las partes afectadas. Carlitos subido a una barra le disparaba a todos los que intentaban acabar con la vida de Mike y Helga. Los que no huyeron murieron en pleno combate. Pero Mike y Helga nunca se enteraron de nada absortos en un beso que duró toda la noche.</p>
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		<title>Darse luz</title>
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		<dc:creator><![CDATA[adm]]></dc:creator>
		<pubDate>Sat, 03 Aug 2019 18:07:42 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Arte y Literatura]]></category>
		<category><![CDATA[Ariel Wolf]]></category>
		<category><![CDATA[literatura]]></category>
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					<description><![CDATA[Un cuento de: Ariel Wolf. Julio &#8211; Agosto 2019. Me acaban de concebir. Lo sé todo. También sé que pronto lo olvidaré, pero eso aún&#8230; ]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<blockquote><p>Un cuento de: <strong>Ariel Wolf</strong>. Julio &#8211; Agosto 2019.</p></blockquote>
<p>Me acaban de concebir. Lo sé todo. También sé que pronto lo olvidaré, pero eso aún no me preocupa. Existo desde el momento mismo del orgasmo. Segundos después aún siento placer.</p>
<p>Es mi primer polvo, yo soy ese polvo y no hay goce en la vida que pueda compararse al de ese momento que no quiero dejar ir. Es como dejar ir la vida en los últimos segundos que preceden la muerte.</p>
<p>Es un trayecto análogo, el más parecido, aunque habrá muchos, muchos más. Cada vez que me alejen de la teta de mi madre sentiré lo mismo y lloraré y de nada servirá quedarse eternamente prendido a ella.</p>
<p>La comunión más perfecta con el Universo, el amor pleno, es apenas un instante. Si no olvido todo esto sufriré aún más. Necesito olvidarlo. Necesito creer que un chupete será el paraíso. Buscaré el Santo Grial en las primeras sonrisas compartidas con mi madre.</p>
<p>Ya sin palabras y con la mente formateada creeré ciegamente en el amor; la felicidad y el dolor serán absolutos, porque ya no sabré que ha quedado atrás mi primer orgasmo, el más intenso.</p>
<p>Todo lo hermoso será nuevo, hallaré la Tierra Prometida para toda la eternidad en los rayos de luz que se filtran por la cortina, que me hablarán de los prodigios del mundo de allá afuera, una ciudad de calles infinitas llenas de tesoros y princesas. Creceré creyendo que seré un crac a los 5, que seré cocinero, boxeador y astronauta al mismo tiempo cuando sea grande. Pero ahora desde el limbo, sé que ninguna de esas promesas, ni aún cumplidas, se acercarán siquiera a lo que acabo de vivir. Si no logro olvidar todo esto pronto moriré.</p>
<p>La ilusión de lo que vendrá es el elixir de la vida. Debo olvidar, pero no quiero, no quiero dejar ir este momento.</p>
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		<title>Armisticio</title>
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		<dc:creator><![CDATA[adm]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 01 Aug 2019 15:52:35 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Arte y Literatura]]></category>
		<category><![CDATA[Ariel Wolf]]></category>
		<category><![CDATA[literatura]]></category>
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					<description><![CDATA[Un cuento de: Ariel Wolf. Hace tiempo me crucé a una conocida, casi una buena amiga, lo sería si no se obstinara tanto en destacar&#8230; ]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<blockquote><p>Un cuento de:<strong> Ariel Wolf</strong>.</p></blockquote>
<p>Hace tiempo me crucé a una conocida, casi una buena amiga, lo sería si no se obstinara tanto en destacar sus espinas. Pude saludarla con un beso, pero decidí tomar su mano entre las mías y decirle con la mirada que eran obvios sus pétalos, ella entendió y yo adiviné el momento justo en el que ella retiraría su mano suavemente marcando la retirada a sus exhaustas tropas. Después se volvieron tiernas sus más filosas ironías, ridículos sus arsenales, blanca como la mía su bandera.</p>
<p>Las ambiciones, las metas, los rencores, la adrenalina, la plata, las necesidades materiales, ayudan a no parar, a no caer en los meandros de la confusión de los sentimientos. Uno mete y mete hasta que el cuerpo dice basta y aún así se sigue porque no hay tiempo, porque los años nos vuelven ansiosos, porque tenemos miedo de no llegar ni a arañar una puntita de nuestros ambiciosos sueños de juventud.</p>
<p>Sueños que nacieron en la adolescencia, en algún ideal romántico, en la utopía de cambiar al mundo, atados a un primer amor, puro, ideal, imposible o fugaz. En algún momento quisimos atraparlo, materializar nuestras posibilidades de acceder a él desde un título, un currículum nutrido, un halo de importancia que cargue nuestro sex a pil(as).</p>
<p>Pero unas palabras inspiradas, el gesto justo no pensado, la inocencia de una mirada, el cosquilleo en el pecho, no se calculan, no se construyen adrede como una pirámide inerte. Las estatuas de los grandes hombres y mujeres son vanos intentos de la vanidad, pobres estrategias para el amor, rocas que el viento desgasta sin que los transeúntes se detengan a alabarlos, no hay tiempo para eso, si paramos nunca habrá una estatua nuestra en una plaza, si paramos nos morimos con la muerte y no hay más nada.</p>
<p>Pero yo no me olvido de parar a oler una flor silvestre antes de darla sin haber planeado darla, no me olvido de encontrar la verdad en medio de la mentira, de mimar a alguien que grita, de ayudar a un viejito a sentarse mientras el chofer del bondi acelera para negar el tedioso presente. No hay otra inmortalidad que la de este segundo, no hay otro paraíso que el de estas pocas palabras tiernas.</p>
]]></content:encoded>
					
		
		
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		<item>
		<title>Escalera al Cielo</title>
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		<dc:creator><![CDATA[adm]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 24 Jun 2019 16:34:58 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Arte y Literatura]]></category>
		<category><![CDATA[Ariel Wolf]]></category>
		<category><![CDATA[literatura]]></category>
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					<description><![CDATA[Un cuento del libro DARSE LUZ, de ARIEL WOLF. Atilio Mazurkiewicz no lograba salir del profundo pozo en que se hallaba. Había intentado escalar sus&#8230; ]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<blockquote><p>Un cuento del libro DARSE LUZ, de <strong>ARIEL WOLF</strong>.</p></blockquote>
<p>Atilio Mazurkiewicz no lograba salir del profundo pozo en que se hallaba. Había intentado escalar sus paredes innumerables veces sin resultado alguno. Su celular aún tenía línea, pero no sabía a quién llamar. No le gustaba pedirle favores a nadie. Hacía un tiempo había leído en un libro que los Britanos, constantemente agredidos por los Pictos y los Escotos, le habían pedido ayuda a las tribus Anglosajonas que habitaban los actuales países Nórdicos. Los Anglosajones lograron expulsar a los invasores, pero poco después se adueñaron de los territorios de los Britanos.</p>
<p>El autor del libro, un historiador reconocido, afirmaba que esta situación se había repetido en distintas circunstancias y lugares del mundo a lo largo de la historia. Es decir, que cuando un pueblo le pedía ayuda a otro para enfrentar a un tercero, el que venía a ayudar terminaba quedándose con todo. Tras extrapolar esta idea a sus experiencias de vida, notó que algo similar ocurría en lo personal. Aquellos amigos a quienes en algún momento difícil había acudido, tras pasarle la mano por el lomo, habían ventilado por ahí sus intimidades y poco después acababan ocupando lugares que anteriormente le habían correspondido a Atilio.</p>
<p>Desde entonces había decidido no pedirle jamás ayuda a nadie. Si en algún momento y de modo espontáneo surgía un abrazo con alguien, si hablando de cuestiones abstractas se producía un encuentro, si de algún modo casual se generaba empatía en algún vínculo, Atilio atesoraba esas situaciones como una caricia a su alma solitaria; pero jamás pedía ayuda a nadie. Si los problemas lo agobiaban a tal punto que le costaba respirar, Atilio justificaba su dificultad diciendo que se trataba de una gripe pasajera. Algunos que intuían que su malestar era mucho más profundo, le dedicaban una sonrisa comprensiva, que a Atilio le gustaba interpretar como de compasión y no de lástima. Amaba a quienes se prestaban a compartir sus propios padecimientos con él sin referirse a ellos de modo explícito. Cierta melancolía compartida daba un toque de cálida dulzura a la gélida y solitaria realidad. Luego podía emprender los más ambiciosos proyectos con otros ánimos. Nadie lo vería caer nunca más. Pero ahora, en el fondo del pozo, no sabía si debía ocultar su desgracia o pedir ayuda. Pero ¿a quién? ¿Quién podría ayudarlo sin sentirse luego ante él como alguien superior? ¿Cómo haría para pedir la ayuda que precisaba sin quedar luego en deuda?</p>
<p>Atilio sentía que el lugar en que se hallaba era simbólico, estaba en el fondo de un pozo sin salida más allá de su situación concreta de estar realmente en el fondo de ese pozo. No podía dejar de pensar y de interpretar las implicancias espirituales de su situación. Pero entonces se dio cuenta que salir concretamente de ese pozo, lograrlo por sus propios medios y sin pedir ayuda, sería también un hecho de profunda carga simbólica. Lograr salir de ese pozo era como erigir un monumento interno a su capacidad de autosuperación. Así como había prescindido todo este tiempo de la ayuda de terceros, también podía sanar su alma en un acto carente de testigos. Tamaña acción sería atesorada por su psiquis como un trofeo que nadie podría arrebatarle jamás. Un premio recibido ante un nutrido público podía ser cuestionado por sus enemigos, sus amigos lo envidiarían en secreto y los aduladores solo estrían cerca mientras durara el aura de éxito a su alrededor. Mantener ese status le costaría sangre, sudor y lágrimas, y seguiría estando solo. Pero acá, en el fondo del pozo, lo que se jugaba era únicamente ante sí mismo. Atilio volvió a empuñar su celular, buscó en una página web un sitio donde vendieran escaleras. Encargó una que abarcara la profundidad del pozo y la pagó con tarjeta sin mediar una palabra con nadie.</p>
<p>Pidió además por escrito que se la trajeran hasta allí. Cerca de una hora después apareció un camión, el pozo era tan profundo, que el conductor no oiría sus gritos, pero por otro lado Atilio se negaba a gritarle a nadie pidiendo ayuda. Llamó a la tienda donde había encargado la escalera y pidió el número de celular del conductor del camión. La mujer que lo atendió le dijo que el conductor no tenía celular.</p>
<p>-No tendrá uno de la empresa. Pero debe tener uno personal.</p>
<p>-Puede ser. Pero yo no lo tengo.</p>
<p>-Me podría hacer el favor&#8230;</p>
<p>Al decir esto a Atilio se le quebró la voz, se emocionó, pero contuvo sus lágrimas. Se dio cuenta que necesitaba ayuda, no una ayuda meramente logística, necesitaba que alguien lo abrazara y le dijera que todo iba a estar bien, que lo rescataría por amor y que no quedaría en deuda, porque lo que se hace con el corazón no se cobra.</p>
<p>-¿Está usted bien? señor.</p>
<p>-No&#8230; -siguió hablando pero con la voz quebrada- estoy&#8230; en el fondo de un pozo. Tomó valor y hasta se enojó porque las cosas no estaban saliendo como lo había planeado y por la ineptitud de la empresa que lo único que debía hacer era bajarle esa escalera.</p>
<p>&#8211; Les compré una escalera por la web y necesito que me la bajen hasta acá para poder salir.</p>
<p>-Espere un momentito.- le respondió la mujer con tranquilidad.</p>
<p>Atilio no podía controlar sus emociones y por primera vez en años vertió unas lágrimas que decidió no contener. Lloró desconsoladamente y paradójicamente se sintió aliviado y hasta feliz. Entonces vio desde el fondo del pozo el cielo y de pronto desde allí comenzó a bajar su escalera.</p>
]]></content:encoded>
					
		
		
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		<item>
		<title>El hombre de la Bolsa</title>
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		<dc:creator><![CDATA[adm]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 06 Jun 2019 15:58:28 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Arte y Literatura]]></category>
		<category><![CDATA[Ariel Wolf]]></category>
		<category><![CDATA[literatura]]></category>
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					<description><![CDATA[Un cuento del libro DARSE LUZ, de ARIEL WOLF. El Sindicato de Hombres de la Bolsa (S.H.O.B.O.L.) surgió como una respuesta a la histórica discriminación&#8230; ]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<blockquote><p>Un cuento del libro DARSE LUZ, de <strong>ARIEL WOLF</strong>.</p></blockquote>
<p>El Sindicato de Hombres de la Bolsa (S.H.O.B.O.L.) surgió como una respuesta a la histórica discriminación que desde tiempos inmemoriales venían padeciendo los obreros del ramo. Creen algunos historiadores que al legendario bichicome, cuyos padecimientos de por sí nunca fueron pocos, se le encomendó a principios del siglo XX, por parte de la masonería, la ardua tarea de corregir las faltas de conducta de los más traviesos infantes.</p>
<p>Muchos adultos piensan que esto no es más que un mito, pero habría pruebas fehacientes de que entre 1905 y 1914 unos pocos niños desaparecieron de sus hogares misteriosamente tras haber cometido una serie de fechorías. Fotografías de la época, que por advertencia de nuestras fuentes no podemos reproducir aquí, muestran a hombres andrajosos y barbudos cargando a sus espaldas bolsas de arpillera con uno, dos y hasta tres niños que lloran o sonríen pícaramente.</p>
<p>Tras expandirse el rumor, los niños de algunos barrios de la capital comenzaron a correr a los bichicomes del barrio arrojándoles pedregullo. Los obreros de la bolsa reaccionaron de diversas formas. Algunos fundaron el S.H.O.B.O.L., los más radicales se encadenaron frente a la sede de la masonería reclamando que dicha organización dejara de utilizarlos para la nefasta tarea que se les había encomendado y se ocuparan de limpiar su buen nombre. Otros migraron hacia el oeste y se establecieron en los alrededores de la desembocadura del río Santa Lucía, siendo este el origen más remoto de lo que luego se conocería como el Rincón de la Bolsa. Los más facheros se arreglaron un poco y salieron a la conquista de mujeres adineradas y casadas con el fin de que los mantuvieran a cambio de favores sexuales, pero sin asumir los compromisos que ellos tanto odiaban. De allí surge el apodo que se les da comúnmente a los amantes: pata de bolsa. Otros decidieron redoblar sus esfuerzos laborales para salir de su situación económica, a éstos se los veía correr de un lado a otro juntando basura, su tiempo no tenía desperdicio, por lo que tras invertir sus ganancias en acciones pasaron a ser conocidos como corredores de bolsa. Algunos de estos últimos, fundidos tras la crisis del 29, volvieron a las calles hechos pelota. Llevaron pocos de sus objetos más preciados, fascinados con el reciente invento que el croata Penkala realizara para el uso de los pilotos de aviones; llevaron consigo bolsas de agua caliente de modo de sobrellevar los inviernos a la intemperie.</p>
<p>El hombre de la bolsa de agua caliente ya no era el monstruo de antes, pasados algunos años de los oscuros incidentes que lo involucraban, era visto ahora con simpatía por la población, que lo consideraba como un personaje agradable y por cierto mucho más cálido que su antecesor.</p>
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		<title>¡Que papa la vida!</title>
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		<pubDate>Wed, 15 May 2019 16:48:54 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Arte y Literatura]]></category>
		<category><![CDATA[Ariel Wolf]]></category>
		<category><![CDATA[literatura]]></category>
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					<description><![CDATA[Cuento de Ariel Wolf, del libro &#8220;Tenedor libre&#8221;. Quería comprar papas, pero solo me quedaba un peso. Los últimos días había dedicado varias horas a&#8230; ]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<blockquote><p>Cuento de <strong>Ariel Wolf</strong>, del libro &#8220;Tenedor libre&#8221;.</p></blockquote>
<p>Quería comprar papas, pero solo me quedaba un peso. Los últimos días había dedicado varias horas a recorrer supermercados, almacenes y ferias en busca de buenos precios. Así descubrí que a medida que avanzaba por una calle los precios disminuían. Avancé por ella con la intención de hacer rendir al máximo mi último peso. Caminé y caminé hasta que desaparecieron los edificios y pasaron a dominar las chacras y las quintas. Los negocios eran menos, pero los precios, que a esa altura equivalían a cerca de un diez por ciento de los del centro, no dejaban de bajar. Después de más de un kilómetro sin pasar por negocio alguno, llegué a uno en medio del campo con un cartel que decía: Almacén “El Ultimo”. Atravesé la cortina de tiras de plástico de colores.<br />
-Por fin –dijo un gaucho desde el otro lado del mostrador. -¿Perdón?<br />
-Hace días que espero que venga algún cliente.<br />
-¿A cuánto está la papa?<br />
-Un peso.<br />
-¡¿Un peso el kilo?!<br />
-La tonelada, mijo, la tonelada.<br />
-Se va a fundir, ¿qué puede comprar con un peso?<br />
-A diez kilómetros de acá, siguiendo por la ruta, venden motos por cincuenta centésimos.<br />
-Y la banana ¿a cuánto está?<br />
-Las bananas son importadas, salen diez centésimos los dos kilos.<br />
-Llevo dos kilos.<br />
-¿No prefiere una tonelada de papas?, le va a rendir más.<br />
-No.<br />
Así, a base de bananas logré recorrer los diez kilómetros que me faltaban para llegar a donde vendían las motos. Me compré una Harley Davidson por cincuenta centésimos. En la pulpería de al lado había unos Hell Angels con sus camperas negras y sus espesos bigotes.<br />
-¡Hello! –saludé al líder de los motoqueros.<br />
-Buenah y santah –respondió comiéndose las eses y pisando el estiércol del suelo.<br />
-¿Qué tal?, ¿a dónde van?<br />
-A la tierra prometida.<br />
-¿Dónde queda eso?<br />
-A unos 20000 kilómetros por la ruta.<br />
-Pá, pero para ir hasta allá tienen que prometer algo más que tierra.<br />
-Ahí te pagan por cada cosa que consumís.<br />
-Pero si te pagan por todo lo que consumís, ¿en qué te gastás la plata?<br />
-En viajar a sitios caros. -Suena razonable.<br />
Me sumé a los motoqueros. Juntos atravesamos desiertos, selvas y estepas. Sufrimos las más diversas inclemencias del tiempo hasta que finalmente alcanzamos nuestro objetivo: una playa paradisíaca con un shopping. Estaba únicamente habitada por un reducido grupo de hermosísimas mujeres semidesnudas. Me hice novio de una de ellas y fuimos muy felices excepto por una cosa: no había papas en kilómetros a la redonda. Con el tiempo se fue agravando mi síndrome de abstinencia a la papa, así que un día agarré toda la fortuna que había ahorrado y me marché en mi moto sin decir ni chau. A medida que avanzaba, o que retrocedía según como se mire, los precios aumentaban, pero nadie vendía papas, de hecho desconocían su existencia. Recorrí todos los negocios sin éxito hasta que llegué al almacén “El Ultimo”.<br />
-¿A cuánto están las papas? – le pregunté desesperado al gaucho. -Cien mil dólares el kilo.<br />
-¡Qué! Está loco. Es todo lo que tengo.<br />
-Es el último kilo de papas que queda en el planeta.<br />
-Bueno, déme medio kilo.<br />
-Imposible, lo mínimo que vendo es un kilo.<br />
Le di todos mis ahorros y me llevé las papas. Pelé un par y las freí.<br />
En el fondo de mi bolsillo encontré cuarenta centésimos. Le saqué una foto a las papas fritas y la envié a la tierra prometida. Cultivé papas en el fondo de mi casa. Para cuando llegó el malón de gente de la tierra prometida, ya las había cosechado. Les vendí un plato de papas fritas a cada uno, menos a mi novia, que me ayudó a hacerlas. Cuando ya no quedaban ni papas ni gente fui a reunirme con mi novia a la cocina, pero no hallé rastros de ella ni del dinero, solo una nota suya: “papita para el loro”.</p>
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